Una de las razas
En las redes sociales ha cobrado fuerza una tendencia sosteniendo que hay novios
con personalidad de Golden Retriever. Al igual que el perro, se dice que son
criaturas dóciles y complacientes, cariñosos, de carácter alegre, con una
disposición optimista y despreocupada frente a la vida. Evaden el conflicto, no
se dejan arrebatar por la tristeza o la ira, a cada contratiempo lo saludan con
una sonrisa benevolente.
Ser optimista podría ser un atributo deseable en el ámbito romántico: investigadores
de la Universidad del Estado Michigan y de la Universidad de California Davis
encontraron que las personas optimistas afrontan las dificultades y los
desacuerdos que se presentan al interior de su relación con disposición
cooperativa, esta inclinación para resolver problemas incrementaría su
satisfacción con la unión romántica.
No obstante, hay varios aspectos problemáticos de la caracterización de
Golden Retriever, de encasillar a las personas bajo la sombra de esta etiqueta
totalizante y proyectar fantasías frente a las personas que se relaciona
asumiendo que es deseable comportarse en cualquier circunstancia con las
actitudes que se atribuyen a ese perro.
El más obvio es que los seres humanos somos seres heterogéneos, hay una
verdad profunda en eso que dicen las mamás “no hay nadie como tú”. No hay dos
personas exactamente iguales, aunque haya unos que comportan rasgos de
personalidad como amabilidad, complacencia y optimismo en cada cual se expresa
con singularidad, y tienen particularidades que los diferencian de la etiqueta
perruna. Además, no hay nadie, por más Golden Retriever que parezca, que en
algún momento no lo haya dominado la ira y la tristeza o sentido conflicto
frente a circunstancias de su vida. Proyectar estas expectativas en la gente
significa imponerles una obligación onerosa desconociendo las complejidades de
la condición humana.
Esta perogrullada nos conduce al segundo punto, se quiera o no, la ira, la
tristeza y el conflicto son condiciones necesarias de la vida.
La ira es una emoción de connotaciones sociales contradictorias. Las
mujeres, incluso hoy, cargan con el pesado fardo de ser consideradas mandonas e
histéricas cuando expresan enfado, a lo largo de la historia en diversos
contextos se les ha inculcado desde su crianza que deben reprimir la ira. A los
hombres, al contrario, por largo tiempo se les ha grabado en su conciencia la
idea de la ira como rasgo distintivo de la masculinidad; la expresión de otras
emociones acarrea sanción social, prueba de ello es que los varones que
comunican sentimientos de tristeza o miedo son considerados a menudo personas
de carácter débil.
Hay quienes han sugerido que la respuesta adecuada a este patrón masculino
es incentivar a que los hombres repriman su ira. Es cierto que las manifestaciones
desaforadas de enfado, sobre todo cuando se exteriorizan con violencia, pueden
lastimar a otras personas o estropear las relaciones que cultivamos con ellas.
Pero reprimir las emociones es inefectivo, y más veces que otras conduce a
la frustración, es como sumergir una pelota bajo el agua, tarde o temprano sale
a la superficie impulsada con más fuerza. Además, la ira tiene un propósito,
como el resto de las emociones, es un mecanismo de señalización y adaptación al
ambiente. Lo que indica a menudo es la necesidad de imponer límites a otros
cuando se sobrepasan o actúan con injusticia, no parece sensato ignorarla o
reprimirla en un acto irreflexivo con el único objetivo de complacer a otra
persona.
Una respuesta más adecuada es reflexionar frente a los desencadenadores de
la ira, intentar entender qué dice sobre nosotros mismos y el entorno en el que
nos relacionamos, y claro, es sensato regular la emoción cuando su intensidad motive
actos impulsivos, hay diversos métodos para hacerlo, aquellos que han mostrado
mayor efectividad en mi caso han sido la meditación, exposición al agua fría,
técnicas de respiración y acción opuesta. Hice un post explicando en detalle
acción opuesta, mi plan es escribir más entradas en el futuro explicado los
otros métodos.
Quizá por el malestar que produce se tiende a rehuir de la tristeza
asumiendo que nada bueno se desprende de ella. Tampoco es sabio ocultarla bajo
un tapete, esta emoción es el punto inicial en el proceso de aceptación de la
realidad cuando esta nos asesta golpes punzantes, la tristeza cumple la función
de incitar a una reflexión dirigida a identificar los factores internos y externos
causante del malestar psicológico, cuando no está enmarcada en un contexto paralizante
como la depresión, puede ser un insumo para transformar circunstancias originarias
del dolor o adaptarse cuando no es posible cambiarlas. Además, socialmente
contribuye a establecer lazos más profundos y dirigir soporte y empatía hacia
aquellos que enfrentan situaciones difíciles.
Aquellos que se niegan la confrontación en cualquier circunstancia cimentan
una existencia apática. Sin la tensión que produce el conflicto no hay forma de
producir cambios en la vida. Cuando la conciencia se inspira de valores y propósitos
que dotan de significado la existencia el conflicto es una poderosa corriente que
impulsa al crecimiento personal incluso cuando se cruza caminos pedregosos y
empinados. Viktor Frankl lo pone en los siguientes términos en El
hombre en busca de sentido: “Considero erróneo y peligroso
para la psicohigiene dar por supuesto que el hombre necesita, ante todo,
equilibrio interior o, como se denomina en biología, homeostasis: un estado sin
tensiones, en equilibrio biológico interno. Lo que el hombre necesita no es
vivir sin tensión, sino esforzarse y luchar por una meta que merezca la pena.
Vivir sin tensión a cualquier precio no es un proceder psicohigiénico;
beneficia más sentir el apremio de un deber o de la urgencia de una misión por
cumplir”.
La etiqueta de Golden Retriever es una manifestación de positivismo tóxico,
desconoce aspectos esenciales de la naturaleza humana. No tiene sentido que el afán
de complacer lleve a las personas a desconocer sus respuestas emocionales básicas
y negarse a confrontar a otros cuando se
traduce en transformaciones provechosas para la vida.
